Mi nombre es Ygraín (apunte fonético: /igarin la y* se lee como I latina) que en mi lengua significa estrella de la mañana.
Pertenezco a la tribu de los Urolokes, una raza de fieros guerreros de Las estepas del norte. La anciana Ahune predijo la llegada del viajero del tiempo cuando el forastero (javi) y su máquina aplastaron mi hogar, no tuve más remedio que seguirlo para hacerle pagar con su sangre lo ocurrido. Pero el devenir del azar y el capricho del destino hicieron que justo antes de asestarle un golpe maestro cuando dormía, una rana duende me mordió y caí en el letargo del sueño eterno.
Pertenezco a la tribu de los Urolokes, una raza de fieros guerreros de Las estepas del norte. La anciana Ahune predijo la llegada del viajero del tiempo cuando el forastero (javi) y su máquina aplastaron mi hogar, no tuve más remedio que seguirlo para hacerle pagar con su sangre lo ocurrido. Pero el devenir del azar y el capricho del destino hicieron que justo antes de asestarle un golpe maestro cuando dormía, una rana duende me mordió y caí en el letargo del sueño eterno.
Lo siguiente que recuerdo es despertarme en un mundo fantástico que hoy por hoy conozco como el "gran futuro". Aquel hombre salvó mi vida, así que decidí estar a su lado hasta poder saldar mi deuda; y aunque se mostró dispuesto a devolverme a mi época, cada día que pasaba quedada más y más encandilada de los maravillosos inventos que ante mí ojos se descubrían. Y pasaron los días.. y los años, y a aprendí su idioma, y la curiosa forma de entender el mundo que aquella gente tenía..
Ocurrió entonces que el viajero del tiempo me invitó a recorrer con él las edades, y así nos convertimos en inseparables amigos. Por alguna extraña razón que yo no entendía, mi compañero de travesía parecía un poco más joven con cada brecha temporal que creábamos, pero en mi no hubo ningún cambio, tan solo en un colgante que la vieja Ahune me dio cuando era niña: "El corazón de una estrella, para mi estrella de la mañana" me dijo, el cual llevaba un pequeño trozo de metal de una estrella caída y una semilla del árbol de Joramund (del que todos los humanos nacimos según nuestra tradición), la cual insólitamente comenzó a brotar y crecer en cuanto hice mi primer "salto", como absorbiendo las energías cósmicas de la distorsión del tiempo.
Con el paso del tiempo aprendimos que la maquina no solo podía llevarnos a otras épocas, sino también a otras realidades, mundos de ensueño jamás pensados que aguardaban ansiosos por revelarnos sus secretos. Desde entonces comenzamos a llamarnos: “los errantes”.
Aprendimos las historias y leyendas de cada mundo que visitamos, y comenzamos a atesorar objetos de incalculable valor y poder, pero ninguno tan poderoso como el que fuimos a buscar al desolado páramo de Ûhr-Batar, escenario de la batalla de Larkazar, donde los dioses de la creación se impusieron al vacío. Lo sepultaron en el corazón del mundo devastado tras la batalla y edificaron un megalítico complejo con el fin de que ningún mortal se acercase; mas nosotros, ávidos por descubrir si las leyendas eran verdad, lo hicimos.
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| Ûhr-Batar |
Se decía que aún a pesar del paso de las edades, quedaban en el lugar poderosos artefactos abandonados tras la batalla, pero sin duda fue la casualidad la que hizo que encontrase lo que a primera vista parecían unas baratijas de hojalata brillando bajo una tenue luz que se filtraba por el laberíntico complejo por el que llevábamos andando varios días sin encontrar el más mínimo ápice de glorias pasadas, tan solo la descomunal fortaleza-prisión que parecía desmoronarse a cada uno de nuestros pasos. El eco resonaba en cada una de las salas que atravesábamos, pero no había nada más que escombros y desolación, sin duda sentía como la oscuridad comenzaba a filtrarse por entre las grietas de la piedra deslustrada y carcomida por el tiempo... sentíamos como los zarcillos de oscuridad se arremolinaban a nuestros pies, no obstante, en nuestras aventuras y con el paso de los años, adquirimos capacidades y habilidades sacadas del conocimiento de los códices arcanos y tomos de poder de nuestro periplo por los diferentes mundos que nos permitían sortear con encantamientos protectores la oscuridad.
Como iba diciendo justo cuando estábamos a punto de darnos por vencidos y ante la creciente amenaza bajo nuestros pies, encontramos, abandonados sin valor, como si de una baratija cualquiera se trataran, unos brazales empolvados. A simple vista no eran más que eso, pero cuando me acerqué pude ver su complejo diseño tallado en el metal. Sentí entonces un palpito y como mi colgante vibraba con energía atraído por aquellos, ahora misteriosos, brazales. Las intrincadas runas de su superficie no hicieron más que confirmar mis sospechas sobre la naturaleza divina del objeto. Así que, simplemente, los tomé y ante la incrédula mirada de mi amigo, me los coloqué. Aunque parecían mucho más grandes que mi brazo (y no es que yo tuviese unos brazos huesudos precisamente) el metal se ajustó perfectamente sin mayor dificultad, como si estuvieran esperando mi llegada. Y lo sentí, sentí el inconmensurable poder que emanaba de ellos y me atravesaba imbuyendo mi ser. Entonces tuve una revelación, una especie de visión: me encontraba impávida en mitad de una batalla que supuse era la batalla de Larkazar. Las siluetas y figuras de poderosos guerreros se sucedían delante de mis ojos, aunque no podían verme pues yo no estaba allí. Todo era confuso, un revoltijo de sombras e imágenes difuminadas entre las que logré ver al portador de los brazales, sin duda un Dios,
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| El Dios Eonar, el Constructor |
Entonces la visión se esfumó. Me encontraba tendida en el suelo, mientras mi amigo John intentaba alejar con escudos de poder a las sombras que pretendían consumirme vorazmente. Llena de poder y júbilo, me levanté de un salto y enfoque con mis manos el muro que tenía más cerca de mí. Concentré toda mi voluntad y ante la atónita mirada de mi amigo, la piedra se retorció sometida bajo mis órdenes. Toneladas de muros y escombro simplemente se esfumaron ante nuestros ojos dejando un camino despejado hacia la salida de la fortaleza. No sabía por qué motivo, ni cómo había acabado aquel artefacto allí, pero sí sabía que partir de aquel momento podía doblegar bajo mi poder (aunque sin duda limitado, puesto que la armadura no estaba completa) la tierra y la piedra, el espacio que ante mí se encontraba, pues poseía los Brazales del Forjador de Mundos.
Relatado por Ygrain.
Relatado por Ygrain.


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