Senderos. Serpenteando incansables, comunicando pueblos, ciudades, naciones. Senderos, llenos de historias, aventuras y terrores. Allá donde empieza la frontera de los más sedentarios, y donde trascurre el vivir de los aventureros. En este momento, llega el anochecer, en este sendero, y la cuadrilla de héroes que lo transitaba, sabía que debían descansar.
Estos aventureros, unidos ya por sus pasados, tenían ahora un majestuoso, aunque no épico, destino. Habían sido invitados a una boda real, el hijo del rey se desposaba, evento al que nadie que se dignase osaba faltar. Los héroes, conocedores por el rey al haber trabajado en alguna ocasión a su servicio, habían realizado tan bien sus tareas como para que dicho rey les acogiera entre sus favorecidos.
Una boda real, donde corre la comida y la bebida como si de dioses hambrientos se tratase, donde la música y los bailes solo cesaban para dejar que se escucharan las risas, donde se festejaba por días y días el compromiso de los enlazados.
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| Las posadas |
Pero aún no hemos llegado a tal momento de la historia. Nuestros guerreros se encuentran aún en el sendero, donde miraron a ambos lados del camino, confundidos. Tras un largo día de viaje, encontraban, no una, sino dos posadas una frente a otra, se podía sospechar, que más adelante en el camino debía haber una población, pues dichas posadas se encontraban rodeadas por la absoluta nada. Realmente resultaba sospechoso.
Ambas posadas aparentaban ser muy diferentes, una se veía más campechana, destinada al pueblo llano, la otra, más ostentosa para los clientes más pudientes, que no desearan perder sus privilegios a pesar de las travesías.
Tras cavilar, cuatro de nuestros guerreros marcharon hacia la posada común, mientras el quinto compañero se encaminaba a la pudiente. Lamentablemente, en la posada pequeña no había establos, donde dejar descansar a la mula de Shlomo, la cual caminaba con la vista perdida.
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| Blenheim, el tabernero |
Al entrar en la pequeña posada, el grupo pudo comprobar que más bien, era una pordiosera taberna, donde bebían algunos residentes. En la barra, el dueño, en vez de ofrecerles las tan esperadas camas, muestra su interés por contratarles. Resulta que planeaba atacar esa misma noche al dueño de aquella lujosa posada que se encontraba frente a la suya, 200 Oros para cada uno a cambio de que lo protegieran durante el combate. Viendo tal generosa oferta, aceptaron sin cuestionar de más. El tabernero ofreció el cobro por adelantado, lo cual pareció ingenuo para ser un hombre de negocios. Nuestro héroes decidieron celebrar el tan inesperado ingreso bebiendo vino de cebada.
No tardó mucho en comenzar los preparativos. Los allí presenten se aprietan los correajes de las armaduras, acaban de afilar sus armas y salen de la taberna dispuestos a luchar.
El dueño de la taberna, acompañado por un enano, buen amigo suyo, cinco mercenarios contratados y tres de los cinco héroes viajeros, entró en la lujosa posada. El dueño de tan digna construcción, claramente de origen asiático, ya les esperaba sosteniendo una katana que parecía brillar. Se encontraba apoyado por sus trabajadores, dos varones que normalmente trabajaban en la cocina, y dos féminas, casi gotas de agua, quienes se ocupaban usualmente del servicio,
La tensión podía masticarse, pero la chispa del odio saltó en segundos y el aire se quemaba en agresividad.
El dueño de la taberna se abalanzó y sus camaradas lo siguieron, la bárbara Igrain tampoco lo dudó, los orientales, respondieron sin demora, los tres varones se adelantaron y comenzaron los duelos por toda la sala, a pesar de estar en minoría, pronto se vio la habilidad de los asiáticos, el dueño resultó ser un diestro espadachín mientras sus cocineros artistas marciales, las danzas mortales acompañadas por los destrozos provocados en la sala, los quejidos y los golpes secos como única música impresionaban a los espectadores.
Así es, no todos se habían adentrado en la pelea, al final de la sala, quietas como estatuas, observaban las gotas de agua. En la entrada, también atento al combate, se encontraba Zyonx Al Chibab, el clérigo del grupo. y...
nadie más, pues Shlomo e Hip, los otros integrantes de este grupo, habían desaparecido Aprovechando el tumulto, y el ya conocimiento de Shlomo de las instalaciones, se adentraron sin ser vistos en la zona de habitaciones, y se apoderaron de todo aquello que tuviese valor y pudiesen cargar ignorando el jaleo del combate que habían abandonado.
Zyonx Al Chibab, el clérigo, finalmente decidió intervenir, no era el más poderoso de los presentes aunque eso no le impediría dar algún buen que otro golpe, y cumplir con el contrato que lo vinculaba a aquella situación. Igrain, la bárbara, con la confusión de la pelea, tumbó a uno de los mercenarios que igual que ella había sido contratado. Los camaradas de este no dudaron en atacarla, Igrain no se intimidó por la situación, y con agilidad y destreza tumbó a cuatro de aquellos mercenarios. Pobre hombría la de aquellos, cuando despertasen sabiéndose golpeados por una mujer.
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| Kazuo, el posadero espadachín |
El dueño de la taberna, viendo el alboroto y sintiéndose traicionado, golpeó a Igrain hasta dejarla inconsciente, si no hubiera sido por la situación, podría haberla matado, pero el espadachín oriental atacó incansable al dueño de la taberna hasta que este cayó, también inconsciente.
Y entonces se instauró el silencio, El asiático miró alrededor para tan solo ver en pie a uno de sus cocineros, el resto de los presentes se encontraban noqueados repartidos por la sala. las gotas de agua oriental, que se habían esfumado hacía ya, regresaron a la habitación.
Estas, se dispusieron a sanar, a los vencedores, y seguidamente comenzaron un ritual para recuperar la vida del segundo cocinero, que había sido herido mortalmente. El dueño de la posada, abandonó su katana, y con la ayuda del cocinero, portaron a los invasores a la mísera taberna, donde los postraron en las camas. Las sacerdotisas se encargaron de sanar las heridas más graves a todos en cuanto la vida de su compañero no corría peligro.
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| La lujosa posada |
Shlomo e Hip, notando el silencio y viéndose con los bolsillos llenos, salieron por algún recoveco cuidadosamente, buscaron a sus compañeros y decidieron partir antes de que aquel tabernero despertase, cual no se podía considerar que hubiesen cumplido demasiado bien su contrato. Así, sin haber descansado lo más mínimo, pero mucho más ricos que antes, continuaron el sendero.
Mientras, los trabajadores de aquella lujosa posada, recogían los destrozos, con la vista baja y acompañados de algún que otro suspiro. No les gustaba aquella situación, que se repetía al menos una vez por ciclo lunar, pero tampoco querían abandonar la vida que habían escogido. Ellos eran guerreros, antiguos guerreros hartos de la guerra, que habían decidido retirarse allá donde nadie los conociera para hacer su propia vida. Suponían, que los ataques se debían a que no les gustaba a los pueblerinos que se instalaran allí extranjeros.
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| La lúgubre taberna |
Pero se equivocaban, el dueño de aquella pordiosera taberna si conocía al cabecilla oriental, se había enterado de que este diestro guerrero había matado en una guerra no muy lejana a un pariente suyo, y el deseo de venganza le corría por las venas, así que a pesar de perder, y despertar en mal estado, y solo, al final de cada pelea en su mísera taberna, sabía con absoluta certeza que volvería a buscarlo, para matarlo.
Así, esta historia se repetía sin fin, compartiendo la desgracia entre estos vecinos, y, como en este caso, depositando buenas cantidades de oro en algún que otro bolsillo de los más astutos viajeros.
Cantar transcrito por Salegne.
Cantar transcrito por Salegne.





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